Un proyecto que se hizo de abajo
La historia del Blanquinegro, forjada entre la Primera C y la Primera D, dio un salto a partir del gerenciamiento y, en pocos años, el club llegó a la B Nacional.
El camino del Deportivo Riestra comienza en los inicios de la década del ’30, en Nueva Pompeya. Con orígenes barriales, con ilusiones de jóvenes soñadores y con los obstáculos que cualquier club modesto debe enfrentar para disputar los torneos de la Asociación del Fútbol Argentino.

Sin embargo, la historia contará que después de más de 80 años alternando participaciones entre la Primera C y la Primera D, e incluso con una desafiliación en su haber -en 1990-, el Blanquinegro dio un evidente salto cualitativo a partir de la llegada de Víctor Stinfale como gerenciador en 2012.

Tras una sucesión de frustraciones entre las que se destacaron la derrota en la Promoción 2008/2009 ante Defensores Unidos y la caída por penales frente a Ituzaingó en la final del Reducido 2012/2013, el desembarco del mediático abogado y su empresa de bebidas energizantes comenzó a dar sus frutos en lo deportivo.

En 2013/2014, Riestra se consagró campeón de la Primera D de la mano de Guillermo Szeszurak, con un estilo definido, poco habitual en la divisional y que le seguiría otorgando dividendos durante las siguientes temporadas.
En paralelo, comenzaron a ser recurrentes las prácticas excéntricas, promovidas por el propio Stinfale y acompañadas por sus directores técnicos y planteles: entrenamientos de madrugada durante la pretemporada, numeraciones de camisetas fuera de lo común, arqueros yendo a cabecear al área rival con medio tiempo por jugarse, entre otras.

También es cierto que, entre estas innovadoras iniciativas, las apariciones esporádicas de Diego Maradona en los ensayos y partidos y la participación del gerenciador en algunas decisiones futbolísticas, Riestra se fue convirtiendo gradualmente en uno de los equipos con mayor vocación de ataque del Ascenso.

Con una base consolidada, futbolistas de buen pie y un campo de juego siempre a la altura para que la pelota pueda jugarse por el piso, el Malevo de Pompeya hizo del Guillermo Laza una fortaleza y cosechó allí buena parte de sus auspiciosos resultados en los últimos años.

En la segunda mitad de 2014 llegó el primer ascenso a la B Metropolitana y, estaba claro, el proyecto no tenía intenciones de encontrar su techo en esa categoría. Mientras torneo tras torneo Jonathan Herrera seguía erigiéndose como máximo goleador del fútbol argentino y jugador franquicia del club, la mira ya estaba puesta en el Nacional.

Ya sin el Búfalo Szeszurak en el banco, pasaron Leonardo Ragazzo, Pedro Bocca y Fabián Nardozza, pero fue Jorge Benítez, un emblema del equipo en el inicio de su escalada, el que condujo el barco hacia el horizonte que la institución ya había visualizado desde hacía tiempo.

La polémica y la sanción por la invasión de cancha en la final ante Comunicaciones empañaron parte de la alegría y de los festejos, pero lo concreto es que Riestra se ganó el derecho a soñar en grande, a creer en las ilusiones de aquellos chicos que se encontraban en una lechería para imaginarse que, algún día, podrían jugar en Primera División.